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¿Qué suerte tuvieron los musulmanes de Granada?
En las fases anteriores de la Reconquista, los musulmanes cuyas ciudades fueron tomadas por los cristianos y que optaron por no marcharse eran conocidos como mudéjares , que en árabe significa los que tuvieron permiso de quedarse. Tradicionalmente, se les dejó practicar el Islam y, en sus asuntos internos, la ley coránica - aunque, en la práctica y con el paso de los siglos, estos derechos fueron reduciéndose cada vez más, y, hasta tal punto, que el término llegó a significar únicamente el estilo practicado por artesanos y albañiles de origen musulmán.
Pero cuando los Reyes Católicos tomaron Granada, la situación fue muy distinta, pues los cristianos eran ya los amos incontestables de España, habiéndose fijado la alta misión de purgar su país de todos los paganos de una vez. Durante los primeros años, cuando la presencia cristiana era aún numéricamente muy reducida, los Reyes permitieron que los moros vencidos pudiesen seguir llevando su forma islámica de vida, derecho que fue concedido por Isabel y Fernando en el tratado de rendición, en estos contundentes términos: Es asentado y acordado que ningún moro o mora non haga fuerza a que se torne cristiano ni cristiana. El tratado ha sido llamado el más generoso de la historia, aunque sólo se respetara durante ocho años. . .
Mentir a moros no era, obviamente, un gran pecado para los Reyes, y pronto se comprendió que sólo pensaban mantener este delicado equilibrio hasta el momento en que tuvieran las riendas del poder firmemente entre las manos. ¡Una cosa era tomar la Alhambra, y otra hacerse amo del Albaicín!
Inmediatamente después de la toma de la ciudad, el primer Arzobispo de Granada, Fray Hernando de Talavera, abordó el problema de los mudéjares de una manera quijotesca. El simpático fraile, conocido cariñosamente por los moriscos como el santo alfaquir, quiso convertirlos por la persuasión, mandando a sus compañeros a aprender árabe y a estudiar el Islam para poder demostrar a los vencidos la superioridad comparativa del cristianismo, esperando así integrarlos pacíficamente en la sociedad europea. Incluso les permitió, al acabar la Misa, bailar y cantar la zambra de los nómadas del desierto, en el interior de las mismas iglesias. moriscos.
Era un proceso muy lento y, durante los años que siguieron a la conquista, Talavera sólo obtuvo resultados mínimos. Su empresa terminó repentinamente cuando los Reyes volvieron a Granada en el año 1499, seguidos por el confesor de la Reina, el temible Cisneros, Arzobispo de Toledo y futuro Inquisidor General. Este austero personaje se quedó horrorizado al ver que se permitía adorar abiertamente a Mahoma en tierra de la Santa Iglesia, y quiso que se abandonara la política de Talavera y que se tomaran medidas para que todos los moros fuesen convertidos sin más tardanza. La filosofía bastante cínica del clero era que, aunque la primera generación de conversos no sería sincera, las siguientes sí lo serían. El obstáculo era jurídico, ya que el tratado garantizaba la libertad religiosa, y se temía provocar un motín desacatándolo abiertamente. Cisneros se decidió por interpretar la disposición a su manera, y comenzó por atacar su punto más débil. Insistió en que todos los musulmanes que antes habían sido cristianos no podían beneficiarse de los derechos de los auténticos mudéjares, y que debían volver a su fe original.
En el Albaicín existía un puñado de estos cristianos renegados, o elches , pero, como se puede imaginar, todos los moriscos se sintieron amenazados por lo que se veía como una clara traición del tratado. La reacción de los albaicineros, a finales del mismo año de 1499, fue violenta, comenzando con el famoso grito de rebelión lanzado en la Puerta de Bab al-Bonoud. La revuelta dio a los partidarios de Cisneros el pretexto que necesitaban para exigir que todos los moros fuesen convertidos, y bajo supervisión militar.
Tuvieron lugar entonces escenas patéticas en las mezquitas de la ciudad, que el terrible decreto había transformado de la noche al día en iglesias. De acuerdo con el testimonio la rendición de Boabdil. dejado por un observador de la época, tal fue la confusión de los musulmanes que se apresuraban a bautizarse en ellas que, cuando el cura les preguntó, antes de acercar sus cabezas a la pila, qué nombre cristiano querían adoptar, algunos hombres respondían que María, y otras mujeres decían José. . .