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        Antes de ir más adelante, sería bueno recordar quién era, exactamente, ese rey que siempre se ha llamado Carlos V, a pesar de ser el primer monarca de España bautizado con ese nombre. Fue nieto de los Reyes Católicos, cuya hija Juana casó con un Habsburgo, Felipe “el hermoso”, hijo del Imperador Germánico. Felipe vino a vivir a Castilla con su esposa, la Reina Juana, pero hubo mucho miedo de que un extranjero pudiera hacerse con el trono, y ésto fue, quizás, la causa de su muerte repentina.

        Que se tratara de un asesinato o no, Juana se volvió loca de dolor y nunca recuperó la razón. Su hijo Carlos fue educado por sus abuelos en Gante, y cuando llegó a la edad de ser Rey fue mandado a España para ocupar el lugar de su madre como Carlos I de Castilla. Pero, poco después, murió su abuelo, Maximiliano de Austria, y mediante el pago de fuertes sumas de dinero Carlos consiguió ser elegido como heredero al mando del Sacro Imperio Romano Germánico, tomando el título de Karolus Quintus, o sea, Carlos Quinto.

Siempre utilizó ese segundo título por la sencilla razón de que, mientras su madre Juana vivía, aunque encerrada en una celda del Monasterio de Tordesillas, durmiendo en el suelo y cubierta de sus propios excrementos, seguía siendo Reina, por lo cual Carlos, aunque reconocido como Rey, era en realidad Regente hasta su muerte, que ocurrió pocos meses antes de su propia abdicación. El joven rey se casó en Sevilla con su prima, Isabel de Portugal, trayéndola, con todo su esplendoroso séquito, a Granada en viaje de nupcias en el año 1526, para pasar un verano que se prolongó hasta finales del año.

        Carlos se quedó tan encantado con la ciudad, cuyo aspecto era aún la de una medina musulmana, que decidió construir para su propia residencia un gran palacio, junto a los bucólicos patios y albercas de los reyes moros, que pretendía utilizar como un jardín exótico donde, al estilo renacentista, se podrían celebrar fiestas al aire libre y deambular bajo la luna llena. Pero quiso que su palacio tuviera un nivel de confort aceptable para un hombre europeo de su época, o sea, con puertas y ventanas que se cerraban en invierno, y, naturalmente, con chimeneas.

        Es comprensible su actitud, ya que los palacios musulmanes, vistos como viviendas de todos los días, son más parecidos a tiendas del desierto que a eficaces abrigos contra la intemperie. Para financiar la obra, que requería la importación de arquitectos y artesanos, el Rey creó, o permitió que se creara, un impuesto más sobre los sufridos moriscos del Albaicín, que no tuvieron más remedio que pagarlo cada año. El palacio, que en este entorno nos resulta tan antipático, tiene su propia importancia histórica, pues no sólo fue el primer gran edificio de estilo renacentista construido fuera de Italia, sino que fue también el primer auténtico palacio real que jamás se había construido en España, ya que hasta entonces los reyes habian vivido en incómodas fortalezas, al estilo del alcázar de Toledo.

        Pero el proyecto iba mal aún antes de comenzarse la obra, pues, durante aquel idílico verano que Carlos pasó en Granada, la ciudad fue sacudida por un terremoto, dando a Isabel un susto tal que después se negó a volver. Y, una vez comenzado el trabajo, el tributo de los moriscos pronto resultó ser insuficiente para financiar una obra de tanta envergadura, por lo cual el ritmo del trabajo tuvo que acompasarse a la recaudación del impuesto.

        La construcción del palacio acabó durando nada menos que ciento diez años. El hombre que debía habitarlo, por ejemplo, murió cuando la obra estaba ¨sólo ¨en su trigésimo año, y en su cuadragésimo año, justo cuando los albañiles iban a poner las vigas del techo, su principal fuente de finanzas desapareció con la expulsión de los moriscos, como consecuencia de la rebelión del año 1568.

        Sin embargo, la construcción siguió imparable, tragándose generaciones de trabajadores. Es impresionante cómo cuenta la historia Gallego y Burín en su célebre Guía de Granada :el primer arquitecto, Pedro Machuca, dedica su vida entera a una sección del palacio, y después de su muerte su hijo dedica la suya a otra hasta que se muere también de viejo;después otro arquitecto toma el relevo, desaparece, viene otro, se muere. . . y así hasta que todo se abandona durante el declive económico del siglo XVIII, transformándose la obra en una ruina megalómana más del fracasado imperio. Ya en nuestro siglo, el régimen franquista reconstruyó el techo hundido y terminó el edificio, pero hasta hoy ningún rey lo ha habitado jamás.

 

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