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el amor al agua

        Como toda gente del desierto, los árabes granadinos veneraban el agua, devoción que sobrevive entre los andaluces de hoy. Los seres humanos siempre adoramos aquello que nos falta. Un poeta inglés sería capaz de escribir un soneto al sol, pero los moros se extasiaban con sólo pensar en un fresco e inagotable manantial, como lo demuestran estos refinados versos, grabados en la pila que sostienen las cabezas de los doce leones:

 Plata fundida corre entre las perlas,

tan bella y pura como ellas.

Agua y mármol se mezclan,

a tal punto que ya no se distingue

cuál se desliza

y cuál se queda inmóvil.

¿No ves cómo el agua

se derrama en la taza,

para después desaparecer

por los caños?

Es una muchacha enamorada que

lucha por disimular

las lágrimas que rebosan en sus ojos...

 

dos reyes sabios, dos reyes sin suerte

        La historia del reino Nazarí se refleja perfectamente en las vidas de los cuatro reyes a quienes les tocó vivir sus momentos de mayor apogeo y ruina final: el padre e hijo Yusuf I y Muhammed V, de una parte, y el también padre e hijo Muley Hacén y Boabdil, de otra.

        El reino de los dos primeros ocupó casi todo el siglo XIV, la época “gloriosa” del Reino Nazarí, cuando se construyeron los más bellos palacios de la Alhambra, que acabamos de visitar. Incluso en ciertos momentos triunfales parecía como si aquel vestigio del reino musulmán pudiese realmente seguir existiendo, sólo gracias a la astucia de los dos sabios sultanes. Para sobrevivir, Yusuf y Muhammed tuvieron que jugar, muy hábilmente, al “ajedrez político” con las fuerzas que les rodeaban: caballeros castellanos en el norte, caballeros aragoneses y comerciantes genoveses en el este, y sus envidiosos correligionarios los Meriníes en el sur. Y por si eso fuera poco, además debían hacer frente a las frecuentes tentativas de golpe de estado palaciego, montadas por familias rivales, como los orgullosísimos Abencerrajes.

        Yusuf I reinó desde 1333 hasta el año 1354, cuando fue apuñalado por un sirviente mientras rezaba en la mezquita, muerte que, en las arenas movedizas de la Corte Nazarí, casi se puede llamar natural... Durante su reino, los granadinos se vieron privados de su principal vía de acceso al norte de África, cuando los castellanos se apoderaron del Estrecho de Gibraltar en el año 1340, dejándolos casi totalmente dependientes de importaciones de carne y grano de la misma Castilla. Las terribles oleadas de Peste Negra que devastaron todo el continente europeo en aquellos años sólo agravaron la situación. Así mismo, Yusuf hizo prueba de gran realismo y diplomacia, pues estableció una paz con Castilla que, en términos medievales, resultó ser muy duradera. Esta estabilidad interna le permitió dotar a la ciudad y a la Alhambra de grandes obras, como su propio palacio, conocido como la Torre de Comares, la Puerta de la Justicia y la Madraza, o universidad islámica.

        El largo reino de su hijo Muhammed, que se extendió desde 1354 hasta 1391, tuvo la peculiaridad de desarrollarse en dos fases, con un “descanso forzado” de tres años en medio. Muhammed, como su padre, hacía “buenas migas” con los castellanos, tan buenas que, en un mo-mento dado, los tradicionales rivales de aquellos, los aragoneses, utilizaron su influencia dentro de la Corte Nazarí para provocar su derribo y resultante destierro a Marruecos, donde tuvo que quedarse hasta que los dos reyes cristianos hicieran las paces. Muhammed nos ha dejado las más emblemáticas obras del arte hispano-musulmán, como el Patio de los Leones y sus salas colindantes, la pequeña pero elegantísima fachada que añadió al palacio de su padre, Comares, y el desaparecido Maristán a la orilla del río Darro, que fue el único hospital musulmán en España y que, a juzgar por los dibujos que nos quedan, realizados en el siglo pasado, era también muy bello.

        Los dos últimos sultanes de Granada tuvieron la mala suerte de gobernar, o de intentar controlar, un reino cuyos días estaban claramente contados. Pero ni por eso los amos de la Alhambra fueron capaces de olvidar sus diferencias y hacer un frente unido contra el enemigo. El sultán Muley Hacén, muy desprestigiado en el reino por los errores políticos que cometió, pues masacró a todos los varones del linaje de los Abencerrajes - “la flor de Granada” - y, también, repudió a su mujer Aixa a favor de una joven cautiva cristiana, tuvo que refugiarse en Málaga, dejando que su hijo Boabdil ocupara su trono. Desde entonces, Boabdil luchó para impedir que su padre pudiera volver a Granada, y cuando el viejo Muley abdicó a favor de su hermano, el Zagal, Boabdil luchó contra su tío también.

        Esto, a los Reyes Católicos, sólo podía servirles para acelerar su triunfo, tanto que en las dos ocasiones en que capturaron a Boabdil lo soltaron inmediatamente para que pudiera continuar luchando contra los suyos. En todo caso, Boabdil era viejo amigo de los Reyes, ya que había vivido en su corte durante una revuelta palaciega, y sabían que les resultaría más manejable que su padre o su tío.

 

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