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Patio de los Leones
Cuando los cristianos descubrieron la Alhambra, se asombraron de su lujo y esplendor, que en nada se parecía a las incómodas fortalezas donde vivían sus propios monarcas. Y llamaron a su palacio más elegante el Cuarto de los Leones, por causa de la curiosa fuente de su patio. Pero su verdadero nombre árabe era el Palacio de Mohammed V.

Este palacio de finales del siglo XIV es el más bello ejemplo que tenemos del estilo mudéjar, donde la filigrana y la incrustación decorativa del arte islámico recibe la influencia del estilo tridimensional de la arquitectura gótica. Se ha dicho, y con razón, que este patio tan sorprendente recuerda los claustros de los monasterios cistercienses que los arquitectos musulmanes pueden haber visitado en el Norte de España.

El Patio de los Leones representa el Jardín del Paraíso, un oasis de palmeras que rodean un inagotable manantial. Y los espacios entre las pasarelas de mármol contenían jardines que desbordaban de flores y plantas aromáticas.
No se sabe quién hizo los leones, pero no puede haber sido los Nazaríes porque el Corán les prohibía la representación de seres vivos, a fin de impedir un retorno a la idolatría que el Profeta había erradicado. Por lo tanto, los retratos de los reyes nazaríes que se ven en la sala vecina son prueba de un hecho innegable, a saber, que los granadinos se habían occidentalizado tanto en sus costumbres como en sus gustos artísticos.
El patio está rodeado de cuatro salas independientes. La que hace frente al valle - la Sala de Mocárabes - fue casi enteramente destruída por la explosión del año 1590, y después reconstruída en un estilo barroco que nada armoniza con el entorno.
En el otro extremo del patio se encuentra la Sala de Reyes, una galeria de cámaras abiertas que se utilizaban para las recepciones en tiempo de verano. Los cristianos la llamaron "de los Reyes" por causa de las pinturas que se ven en las tres cúpulas, una de las cuales representa los sultanes nazaríes que habían reinado cuando se construyó el palacio. Los autores fueron, sin duda, unos italianos errantes, ya que los pintores musulmanes no podían crear imágenes figurativas.
La Sala de los Abencerrajes fue llamado así por los cristianos por causa de una leyenda, en la cual los varones del clan de los Abencerrajes fueron masacrados aquí por venganza del Sultan, cuya esposa había sido sorprendida en conversación íntima con uno de ellos.

Lo cierto es que esta sala, sin ningua apertura salvo la puerta de entrada, fue concebida para la celebración de recepciones y banquetes en los meses más fríos del año, cuando se podía utilizar los braseros para calentar su interior.
La sala, o secuencia de salas, más bella es sin duda la Sala de las Dos Hermanas. El nombre es de orígen musulmán y se refiere a las dos enormes losas de mármol que se ven a cada lado de la fuente central, y que un poeta del siglo XIV comparó a dos hermanas. Abajo vemos la sala de recepción, tras la cual se encuentra la salita del trono, en una alcoba ricamente decorada.

En toda la Alhambra no hay otro ejemplo más bello de mocárabes, las incrustaciones que decoran los arcos y techos de los palacios moros. Fueron premoldados en yeso y encajados para crear el efecto de estalactitas en una gruta natural.

La Sala del Trono, de la misma forma que la de la Torre de Comares, tiene un nicho con aberturas hacia el exterior dónde el Sultán recibía a sus visitantes aureolado de luz. El nombre popular de este rincón encantador es el Mirador de Lindaraja, pues dice la leyenda que Aixa, la esposa repudiada del Sultán Muley Hassen, vivió aquí. El nombre significa, en árabe, "los ojos de Aixa", pues el "mirador" dominaba todo el Albaicin, antes de la construcción de los apartamentos de Carlos V, que "cegaron" la vista para siempre.


Aquí, como en todo el palacio, los muros están revestidos de ricos relieves de yeso, al estilo de una alfombra persa, con una variedad aparentemente infinita de dibujos geométricos y abstractos. Y por doquier corren los textos sagrados, en estilos caligráficos contrastados, que asombran por su elegancia y complejidad.
El Sultán Alhamar sabía que era inutil luchar contra la fuerza militar de los cristianos, por lo cual aceptó ser el vasallo de éstos, a mediados del siglo XIII. El blasón que le dió el Rey de Castilla, símbolo de su obligación de pagar tributo a su amo y de defenderle contra sus propios correligionarios, ha sido tallado en casi todos los muros del palacio. Pero los Nazaríes, no totalmente sumisos, lo grabaron con la frase ritual, Alá es el único vencedor.
El Patio de los Leones y sus grandes salas - a pesar de la erosión, que se ha llevado casi todos los colores, y de las malas restauraciones que ha sufrido - es, sin duda, una de las creaciones artísticas más singulares de la humanidad. Alejandro Dumas, que hizo el peregrinaje granadino como otros intelectuales, comparó el patio a "un sueño petrificado por la varilla de un brujo".
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