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historia de una plaza
Bibarrambla, como muchas plazas de forma rectangular que se encontraban extramuros de la ciudad medieval, fue utilizada como campo de torneo, lo que nos permite imaginar hermosas escenas de nobles moros justando con sus caballos de pura sangre árabe. Y los ingleses, alemanes y franceses que visitaron Granada después de la conquista han descrito las animadas corridas de toros que se celebraban en la plaza, con las familias hidalgas sentadas en los balcones detrás de coloridas mantas y banderas.
Las corridas de entonces no eran asuntos de dos horas para aficionados como hoy, sino maratones que duraban el día entero y que eran presenciadas por todos. En una que pasó a la historia, celebrada en agosto del año 1609, se lidiaron veinte toros, que, antes de morir, consiguieron entre ellos matar a nada menos que treinta y seis hombres y herir a otros sesenta, salvo el último toro que ya nadie se atrevió a coger, por lo cual tuvo que ser escopeteado....
Siendo la plaza mayor de la ciudad, Bibarrambla también fue el escenario de los autos-de-fe que tuvieron lugar después de la conquista, acontecimientos públicos donde la Santa Inquisición quemaba a los herejes, que eran casi siempre judíos ricos, o sea los que tenían bienes que los Príncipes Eclesiásticos deseaban confiscar. Los autos eran organizados como grandes fiestas destinadas a impresionar, y asustar, al pueblo.
Por la mañana dos cortejos se dirigían hacia la plaza, uno que venía de la cárcel con los acusados, que podrían ser muy numerosos, y el otro encabezado por las autoridades y que salía de una iglesia cercana. Primero los jueces juraban solemnemente perseguir la herejía por donde brotaba, y después se decía una misa, con un sermón destinado a crear el apropiado estado moral en los espíritus de la multitud...
Se escuchaba entonces la lectura de las sentencias, interrumpida al mediodía por un banquete que las autoridades consumían allí mismo, delante de sus víctimas. A continuación se anunciaban las sentencias, entregando los condenados a los verdugos para ser quemados en otro momento o incluso in situ. Se absolvían los perdonados con un Te Deum, y todo terminaba con una procesión nocturna, iluminada por antorchas, en que los inquisidores volvían a la iglesia donde habían comenzado por la mañana.