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Chumbos, caracoles y chirimoyas
Hay a veces en medio de la plaza una señora que vende chumbos, la fruta espinosa del cactus, en un gran cubo puesto sobre una mesa. Le pides uno, te lo monda con un cuchillo y guantes de cocina delante de tus ojos, y lo vas comiendo por la calle. Son sabrosos pero arenosos - ¡pero si no te comes por lo menos uno en la vida, nunca serás granaíno! Las oscuras callejuelas que rodean el mercado público también hierven de tiendas y chiringuitos. Anchas y viejas gitanas de delantal, muy parecidas a las que se ven en los grabados del siglo pasado, pasan allí la mañana sentadas en diminutas sillas de anea, vendiendo caracoles que caminan inquietos por las orillas de sus canastas de mimbre. Son los mismos bichitos que ponen de tapa, en salsa picante, las bodegas del Albaicín. Aquí también se venden la chirimoya, de carne blanca y perfumada, y otras deliciosas frutas de los valles tropicales de la costa.