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Cómo la Capilla Real cayó en el olvido
Isabel, con su profunda fe franciscana, quiso un mausoleo austero de tipo medieval, como convenía a una mujer que había confesado y, dando la espalda al mundo, deseaba entrar en el Paraíso. Pero se murió antes de iniciar las obras de la nueva iglesia, dejando a su marido Fernando con el cargo de dirigir la construcción, de acuerdo con sus exigencias, claramente antagónicas a las nuevas ideas italianas que ya estaban en boga. Pero el Rey era también un hombre de su tiempo, y dejándose seducir por el grandioso estilo renacentista, realizó en este sentido algunas modificaciones en los planos originales. Murió Fernando antes de terminar la obra, dejando, a su vez, la dirección a su nieto Carlos.
Carlos no era ni siquiera español nació en el sofisticado y mundano Gante, y trajo consigo todas aquellas tendencias humanistas que Isabel detestaba, o hubiera detestado de haber llegado a su conocimiento, ya que murió durante los primeros años del Renacimiento. Para un hombre moderno como Carlos, un mausoleo debía homenajear al difunto, resaltando sus atributos físicos y mentales, sus hazañas en el campo político y militar - todo lo contrario de la sencillez y humildad que recomendó la siempre anacrónica Isabel. Cuando llegó al trono, pues, en el año 1517, y supo que se construía tan estrecho sepulcro para sus abuelos, el joven Rey procedió a efectuar cambios y añadiduras radicales, entre ellos la reja y la grandiosa Capilla Mayor, dándole al conjunto un toque mucho más dramático y monumental.
A continuación, Carlos ordenó que se iniciara la construcción de la Catedral, reemplazando la antigua mezquita, anexa a la Capilla Real, que provisionalmente había cumplido con esa función. Esta vez se opuso a los que quisieron crear una copia de la catedral gótica de Toledo, eligiendo un modelo agresivamente renacentista, o sea italiano. Y tuvo la intención, que felizmente no llegó a realizar, como tantas otras que tuvo, de trasladar el Panteón de los Reyes al centro de la nueva Catedral, dejando la Capilla Real sin su razón de ser. Tal fue el disgusto de Carlos por sus fracasos en el Norte de Europa, donde le resultó imposible conseguir que los holandeses y alemanes volviesen al seno de la Iglesia Católica, que años más tarde abdicó en favor de su hijo Felipe y se retiró a un monasterio en Extremadura, donde murió y fue enterrado, rompiendo así abiertamente con el deseo de su abuela. A tal punto fue expresa su decisión que, llegados sus últimos momentos, ordenó que los monjes del lugar celebrasen un ensayo de su propio entierro, con la finalidad de repasar cada detalle desde el ataúd. Y es curioso imaginarlo observándolo todo con los ojos entreabiertos...
Felipe II, hijo de Carlos, era más megalómano aún: para él, Dios quiso que España fuera el centro del universo, y a él, Rey, le tocaba crear su cuartel general. Construyó para esa finalidad un vasto monasterio-fortaleza, San Lorenzo del Escorial, no muy lejos de Madrid, donde miles de trabajadores excavaron, en las entrañas de la tierra, el circular Panteón de los Reyes, decorándolo con oro y mármol verde. Cuando todo fue terminado mandó traer los cadáveres de la Capilla Real, menos los de sus fundadores y su hija, yerno y nieto. Felipe también se llevó todos los libros y manuscritos de la Capilla para enriquecer la ya fabulosa biblioteca del nuevo monasterio, condenando así el antiguo sepulcro al olvido y a la ruina, ya que a partir de aquel momento le faltaron recursos para su mantenimiento.
No es difícil imaginar cómo llegó Felipe a esta decisión. Cuando murió su madre, la hermosa y aún joven Isabel de Portugal, su cuerpo tuvo que ser transportado desde Toledo hasta Granada para el entierro. El viudo, Carlos V, estaba tan destrozado que se encerró en un convento, siendo reemplazado a la cabeza de la cabalgata por su hijo Felipe, a quien, con sólo 12 años de edad, le tocó el espantoso deber de reconocer los restos de su querida madre, ya muy descompuestosal final de un tan largo viaje, antes de su enterramiento en la Capilla Real. No sorprende, pues, que cuando Felipe llegó a ser Rey mandara construir un mausoleo más cercano a la corte, y traerse los restos de cuantos miembros de su familia podía, sin causar ofensa directa al recuerdo de su excéntrica bisabuela.
La conversión del Duque de Gandía
La macabra escena ha sido retratada en un cuadro cuyo título no parece tener nada que ver con el tema, La conversión del Duque de Gandía. El joven Felipe fue acompañado en su triste viaje por el servidor personal de la difunta Reina, el Duque de Gandía, aristócrata bien conocido en la Corte por su afición a los placeres pasajeros de la vida, y a él le correspondió declarar que el cuerpo que se iba a enterrar era el bueno. Llegando a Granada, Gandía se quedó tan horrorizado al ver la masa putrefacta que se presentó a sus ojos que tomó, en el acto, la decisión de consagrar el resto de sus días a Dios y a las buenas obras. Se expresó así delante de la muchedumbre que llenaba la Capilla Real, Jurar que es su Majestad no puedo, juro que su cadáver se puso aquí, y después declaró solemnemente, dando su espalda al mundo, No volveré a servir a señores que se me puedan morir. Gandía se hizo monje Jesuita y fue canonizado Santo en el siglo siguiente..