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la increíble historia de los libros plúmbeos
A finales del siglo XVI dos moriscos tuvieron la idea de falsificar unos escritos - conocidos como los libros plúmbeos porque venían cubiertos por unas hojas de plomo - y de descubrirlos después en una supuesta tumba del cerro, esperando así mejorar su estatus de cristianos de origen árabe, ya que, con la sangrienta rebelión morisca del año 1568, la confianza de los viejos cristianos en la sinceridad religiosa de los nuevos había caído a su punto más abismal.
Estos textos describieron, en árabe, el martirio de varios santos cristianos, incluyendo el patrón y primer obispo de Granada, San Cecilio, y lo presentaron, increíblemente, no como nativo de la colonia romana de la Bética, sino como árabe pre-islámico que, habiéndose introducido en la península, se convirtió a la fe de los entonces perseguidos cristianos, sufriendo las mismas desgracias que ellos.
El fraude estaba bien calculado para neutralizar el rechazo que sufrían los moriscos que no habían sido expulsados algunos años antes debido a la rebelión, y durante mucho tiempo la mentira tuvo éxito, por lo menos para la Iglesia, que se apresuró en construir una enorme abadía en el lugar ¨sagrado¨, con el total apoyo de la población, y el cerro pronto se hizo famoso como centro de romerías, lo que ha seguido siendo hasta hoy.
Para parafrasear uno de los muchos textos sobre el tema, ¨El falso descubrimiento contribuyó de forma dramática al fervor religioso de los granadinos, en un siglo en que la fe en la doctrina romana estaba siendo seriamente debilitada por las nuevas corrientes reformistas¨. Irónicamente, acabó sirviendo más a los viejos cristianos que a los nuevos, ya que el prestigio que los moriscos esperaban obtener no fue suficiente para salvarles el pellejo algunas décadas más tarde.
El Vaticano acabó por denunciar la superchería de los textos árabes, pero tardó muchísimo tiempo en hacerlo, justamente porque los dos moriscos también habían encontrado, en los escombros del antiguo minarete de la Gran Mezquita, demolida cuando se construyó la Catedral, supuestas reliquias del santo brutalmente ejecutado en el siglo III por los romanos.
Como es bien sabido, las iglesias de la época hacían muy buen negocio con los huesos, mechones de pelo y otras partes anatómicas de cristianos ejemplares, incluso comprando y vendiendo cadáveres enteros que se exponían (y en algunos casos se exponen todavía) en ataúdes de cristal, pues la presencia en un templo de reliquias de santos aumentaba su prestigio entre los fieles, que a su vez aumentaban sus donaciones. Este tipo de tráfico nos parece despreciable hoy en día, pero en aquellos tiempos de superstición era algo normal: los fieles necesitaban de milagros, y las reliquias mejoraban sus posibilidades de conseguirlos.
Y la propia tentativa audaz de los dos moriscos de adelantar sus intereses políticos mediante un hallazgo oportuno no fue en sí nada nuevo, ya que, siglos antes, los restos del apóstol Santiago fueron descubiertos en Galicia de forma aún más inverosímil que los de San Cecilio, justo cuando el esfuerzo militar de la Reconquista más necesitaba de una nueva causa religiosa para animar a las masas.
Por ello, cuando el Vaticano intervino - con casi un siglo de retraso - lo hizo con gran astucia, salvando lo que le interesaba y abandonando el resto. Proclamó que los textos que decían que el santo era árabe eran falsos, pero que las reliquias encontradas con ellos si eran auténticas. Así, hábilmente, se liberaron del vínculo indeseado con el pueblo enemigo y al mismo tiempo conservaron la razón de ser del ya muy frecuentado y muy próspero santuario del Sacromonte.