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el fingidor
revista de cultura
octubre diciembre 2000
No. 10
Universidad de Granada
Lawrence Bohme
un Marco Polo en la Web
por Antonio Pamies, Profesor de la Escuela de Traductores, Granada
Nacido en Londres en 1942 entre las llamas y las bombas que arrojaban los aviones nazis, Lawrence Bohme es hijo de una pintora inglesa y de un alemán fugado pocos años antes de su nativo Berlín por haber sido miembro del Partido Comunista. Su apellido significa bohemio en alemán, otro signo que le predisponía a la vida errante y aventurera.
Al terminar la guerra sus padres emigran a Canadá, pero, cuando le llega la adolescencia, su madre se divorcia y se lo lleva a Méjico. Allí entre en contacto con la lengua y la cultura hispánica, en gran parte gracias a una familia de exilados españoles cuyo padre había sido colaborador de Buñuel y cuya madre sirvió de modelo a Picasso. Vivió después en Jamaica (por entonces aún una colonia inglesa) y en Nueva York, en el animado Greenwich Village de finales de los 50, donde conoce a su amigo del alma, el lingüista y trotamundos Anthony Naro, otro nómada profesional al que define como un científico con corazón de poeta.
Con el pretexto de estudiar filología española, embarca hacia nuestro país y viene a parar a la facultad de Letras, entonces situada en el "Palacio de las Columnas" de la calle Puentezuelas (era más bien un desierto cultural), lo que le permitió conocer el universo gitano de aquel Sacromonte mitificado por sus tempranas lecturas lorquianas. Conoce a Yves, un beatnik francés con vocación de torero espontáneo, y ambos se recorren todas las plazas de toros de España en autostop (alternativa de Paco Camino incluida), conociendo por el camino intelectuales aficionados como Jean Cocteau y Orson Welles (el último verano peligroso de Hemingway fue el anterior). Dormían en los castillos abandonados para emular a Washington Irving, cruzando España hasta caer un buen día en el hermoso pueblo de Montefrío, en busca del cantaor Manuel Ávila, que era entonces el carnicero del pueblo.
Hizo dos años más de Universidad en la Sorbona ("fui pésimo estudiante, pero pude descubrir el arte de la buena mesa y disfrutar de Baudelaire y Proust en su lengua original"), allí se enamoró de la pintora Lilo Wagner (que se suicidaría varias décadas después en Ibiza), con la que se pateó todos los museos de Francia e Italia y perfeccionó la habilidad pictórica que heredó de su madre. Lo fascinaba sobre todo el lado a la vez naïf y moderno de Fra Angélico o de Giotto. Cuando a su amigo Naro que, contráriamente a él, era un estudiante pródigio, le dan una beca Fullbright para Brasil, se va con él ("era a principios de los 60, el nacimiento de la Bossa Nova, tú ya sabes..."). Se instala frente al mar en el morro de Cantagalo, favela sobre la colina que separa Ipanema de Copacabana, y, como en la canción, veía por su ventana un trocito de cielo y el Redentor ("era joven, podía vivir del aire, me enamoré de Brasil como quién se enamora de una mujer"), y lo mismo da clases de inglés que fabrica y vende artesanía de cuero en el Posto 6 y la Avenida Copacabana.
Llegó incluso a desfilar con el Bloco do Cantagalo en el Carnaval del 67 ("necesitaban un blanco para la leyenda de A Escrava Isaura, así que hice de fazendeiro português enamorado de Isaura, interpretada por una vieja narcotraficante horrible y llena de cicactrices, muy influyente en el barrio porque era la única que podía costearse la fantasia (disfraz) para el desfile"). Lo malo fue que la vieja pretendía consumar realmente aquel enamoramiento literario: não é meu tipo não, alegaba él para salir huyendo. Así que acabó mal, pero realizó una magnífica colección de dibujos a tinta de aquella época loca y feliz, mezclando el naïf con el medioevo italiano y el barroco brasileño.
Cuando la vida en Brasil se volvió demasiado dura regresa a Nueva York donde pretende publicar un libro sobre sus experiencias cariocas, por el que ningún editor se interesa. Por suerte, un gurú indio de los que pululaban por Occidente en los 70 le ayuda a superar ese mal trago, enseñándole el arte de la meditación ("no soy de seguir las modas pero a mí me funcionó"), y vuelve así a la aventura, que es lo suyo, embarcando para el Caribe, nada menos que el Haití de Baby Doc. En una misión episcopaliana perdida en la selva monta una industria del cuero, que curiosamente prospera, llega a tener seis antiguos cortadores de caña trabajando todo el día para él ("los macutos de cuero con grabado artesanal estaban muy de moda en Nueva York"). Se siente integrado, habla créole, gana dinero y hasta puede practicar legalmente la poligamía y el vudú. La cosa iba bien, demasiado bien, porque un sacerdote envidioso y corrupto consigue que los tontons macoute lo obliguen a salir pitando del país con lo puesto, para quedarse él con su negocio. Lawrence vuelve a probar suerte en Colombia, donde naturalmente le roban hasta la camisa, y empieza otra vez desde cero en varias islas caribeñas (San Andrés, Gran Caimán, Saint Martin y Saint Barthélemy) donde dibuja postales y fabrica sandalias de cuero hechas a medida para los millionarios que pululaban por allí.
Con el dinero que junta vuelve a Francia donde tras sus amores con Sylviane, una pintora de la Costa Azul, intenta volver a las Bellas Artes. Pero en 1983 acaba rompiendo definitivamente con el ambiente pictórico, y vuelve pronto a encontrarse con una mano delante y otra atrás. Se acuerda de pronto de que había estudiado filología en su juventud. El azar quiso convertirlo en traductor de la Unesco, como sustituto de un português enfermo que ya no soportaba los inviernos parisinos y al que acababa de contar sus penas en un bar. "Lo primero que traduje fue un proyecto de construcción de una Escuela Superior de Informática en Pernambuco, en una espécie de bunker subterrâneo, yo no entendía absolutamente nada de aquella jerga técnica de los ordenadores. El caso es que supe que luego la Escuela se llegó a construir, pero se llenó de agua de mar y tuvo que ser abandonado". Sale del agobio económico y acaba ascendiendo a intérprete de conferencias, profesión que le viene como anillo al dedo porque permite viajar mucho. Como el asesino siempre vuelve al lugar del crimen, en un arranque de saudade hace un viaje relámpago al Carnaval de Río, donde conoce a Paulenice, su princesa nubia, encuentro del que surgió Nina, una morenita de ojos verdes que lo convertiría en un babicaído padrazo ("ya que soy un pésimo marido me gustaría al menos ser un buen padre"). El viaje relámpago acaba durando tres años, cuando se le ocurre que va siendo hora de sentar cabeza: opta por la vida campestre y se afinca con la familia en su amado Montefrío, en el Cortijo de los Siete Olivos que ahora los lugareños llaman Cortijo del Inglés. El hijo pródigo de Montefrío se encuentra tieso una vez más, por supuesto, pero reemprende sus excéntricas actividades artístico-comerciales, entre ellas el invento y ejercicio de una nueva profesión que él llamó teletrabajo solar, tal como suena. Es algo así como escritor-hotelero-rural-multilingüe-electrónico-selvático, para que me entiendan.
El Cortijo de los Siete Olivos, haciendo honor a su nombre, está perdido entre los montes, o sea, sin teléfono ni electricidad, pero esto lo arregla Sir Lawrence con placas de energía solar y llenando la cocina de baterías de camión, que se recargan durante el día, quitando todos los transformadores internos de los aparatos electrónicos para que se alimenten directamente con los doce voltios que proporcionan las baterías. Instala un primitivo ordenador con módem y fax conectados a uno de aquellos enormes teléfonos móviles (estamos a finales de los 80), y así puede seguir traduciendo para la Unesco, la ONU y la CEE, con tarifa ginebrina pero clima andaluz. Invierte entonces lo que gana, comprando casas abandonadas y hundidas en un antiguo barrio gitano medio en ruinas, justo al pie del castillo, del que nadie quería saber nada. Las repara (al principio con sus propias manos), devolviéndoles todo su aspecto y sabor tradicional, pero con las comodidades hoy necesarias, mudándose a una de ellas mientras alquila el Cortijo y tiro que me toca. Gracias a Internet, medio en el que fue sin duda pionero, alquila sus casas a internautas extranjeros amantes de la naturaleza, reinvirtiendo en la casa vecina, hasta reconstruir casi todo el barrio, hoy atractivo turístico; incluso arregla la Cueva del Sopo donde monta peculiares fiestas flamencas, convirtiéndose casi sin querer en el primer empresario turístico del pueblo. Como su clientela le llega toda por el Internet, era esencial tener una página atractiva, por ello se lo ocurrió incluir en ella no sólo fotos de las casas sino también dibujos, documentación sobre los lugares y las costumbres (acabé conviertiéndome en un buen "explicador" de España para los guiris), e incluso sus propios relatos literarios (todo trilingüe, naturalmente), de forma que Las Casas de Lorenzo resultan ser como las de un viejo conocido, a la vez que se garantice algo de buen gusto y cultura, cosa poca común, tanto entre los hoteleros como entre los turistas.
El éxito, por pequeño que sea, trae siempre conflictos y envidias, pues si bien los gitanos a los que da trabajo en las obras y en las fiestas están encantados con El Inglé, tuvo que soportar el acoso de un antiguo alcalde corrupto y depredador del patrimonio cultural, contra el que se enfrentó creando un programa en la radio local ("Lorenzo Luchando") donde, además de poner mucho flamenco, jazz y Bach, y contar relatos de sus viajes junto a su hija, arremetía contra los oscuros telemanejes del cacique local, contribuyendo decisivamente a la rebelión que provocó su caída, aunque el partido del susodicho se consoló cerrándole la emisora.
Pero el Inglé no se rinde, últimamente ha montado Natívola, su propia editorial (unipersonal, por supuesto) que se estrena con una hermosa y original guía sobre Granada (un libro para el viajero curioso), con textos y dibujos suyos, en tres versiones (español, francés, inglés), todo hecho a mano por él mismo, como aquellas sandalias de cuero que vendía en las Antillas francesas. Todo ello muestra que, más allá de los tópicos del ciberfuturismo barato, la red permite realmente que una sola persona se convierta en escaparate visible desde cualquier rincón del planeta, lo que replantea tanto la comunicación usual y artística como las relaciones comerciales, y que no por ello la estética y el calor humano tienen que resentirse irremediablemente. Al contrario, la belleza formal del sitio www.donlorenzo.com es precisamente la clave de su éxito. Ahora sigue restaurando por su cuenta el barrio del castillo de Montefrío, atrayendo turismo civilizado a aquellas olvidadas tierras en las que ha decidido quedarse para siempre a la vez que tramita su ciudadanía española, incluida la traducción de su nombre, Lorenzo Bohemio.
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GRANADA, TIERRA SOÑADA POR MÍ, un libro para el viajero curioso, escrito e ilustrado por Lorenzo Bohme y publicado por Natívola (2003) está ahora en su tercera edición. Descúbralo y las otras publicaciones de Natívola pinchándo aquí. |